El término tribadismo deriva de las palabras griegas tribadé, que significa “ella la que roza”, y tribein, que significa “frotar”. Por este motivo, las mujeres que utilizaban esta práctica sexual eran llamadas tribas. Es cierto que en la antigua Grecia la homosexualidad femenina no estaba bien vista, por lo que el término tribadismo nace con matices peyorativos. No obstante, a lo largo del tiempo las mujeres lesbianas hemos reconceptualizado positivamente muchos de los términos y prácticas sexuales con las que se designa nuestra experiencia erótica.

Consiste en el frotamiento del clítoris con alguna de las partes del cuerpo de la pareja sexual, dando lugar a multitud de posibilidades de roce: con el clítoris de la amante, con la pierna, el brazo, los pechos, los glúteos, o cualquier parte del cuerpo que produzca placer a quienes realizan esta práctica.

El frotamiento de estas zonas erógenas puede practicarse con ropa o sin ella, ya que el clítoris se caracteriza por su gran sensibilidad y su simple roce continuado puede producir placer sexual.

La postura más conocida del tribadismo es la llamada «posición de tijeras». En ella, las amantes se encuentran frente a frente, produciéndose la fricción de ambos clítoris, uno contra otro. Las piernas se encuentran entrelazadas como si dos tijeras abiertas (que serían las piernas) se juntaran de frente en el punto donde comienzan sus aberturas (lugar que serían los dos clítoris unidos).

También es muy común la práctica del tribadismo haciendo que se unan cara a cara cada una de las partes semejantes de los dos cuerpos: pubis con pubis, boca con boca, piernas con piernas, manos con manos, meciéndose todas a la par. Es como si ambas amantes se fundieran, confundiéndose los cuerpos entre tanta unión y movimiento: cuatro manos, dos bocas, cuatro pies, dos clítoris y cientos de roces. Matemática en estado puro.

Tríbadas: el placer del roce propio

Existe una falsa creencia relacionada con el intento de imitar las relaciones heterosexuales a través de esta postura debido a que en ella se unen frontalmente los órganos genitales, al igual que sucede en el coito.

En primer lugar, carece de sentido buscar la equivalencia de una práctica sexual en la que los protagonistas son dos clítoris con cualquiera de las prácticas sexuales heterosexuales, ya que en ninguna de ellas intervienen dos clítoris que se dan placer mutuamente.

En segundo lugar, sin duda, existe una tendencia común errónea a asociar orientaciones sexuales determinadas con prácticas sexuales concretas, en lugar de ver personas con capacidad para experimentar placer con infinidad de partes de su cuerpo.

No es exclusivo de la práctica sexual heterosexual la unión de las zonas genitales para ofrecerse placer mutuo. Al afirmar que sí es exclusivo, una vez más, estamos colocando la heterosexualidad en el centro de las múltiples opciones eróticas de las personas y, dentro de ella, la práctica sexual del coito. De este modo, la sexualidad lesbiana quedaría en una posición de subordinación y dependencia respecto a la heterosexualidad, que adquiere una función modélica de las distintas prácticas sexuales.

Hasta que no rompamos con la idea de que la heterosexualidad es la única opción sexual posible, perfecta, central y normalizada, continuaremos arrastrando mitos e ideas perniciosas sobre la sexualidad lesbiana.

Es importante darse cuenta de que nuestra sexualidad no sigue un modelo concreto: se basa en nuestros propios deseos y en nuestros cuerpos unidos.

[*Texto perteneciente al libro «TU DEDO CORAZÓN. LA SEXUALIDAD LESBIANA: IMÁGENES Y PALABRAS», de Paloma Ruiz y Esperanza Moreno. Editorial Egales, 2008.


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