Presentación de nuestra colaboradora M. A. Manras

Mi sexualidad: fuimos una generación que veníamos de una represión moral, en la que tu cuerpo era un pecado. Solo existía de cintura para arriba, de cintura para abajo todo era tabú.

Yo siempre me considere una niña muy especial, digo especial, porque desde una edad muy temprana, descubrí mi libido.

«Recuerdo que fue en el colegio, sentada en mi pupitre. No sé de qué forma pero descubrí que al rozarme con la silla sentí entre mis muslos una sensación placentera que me corrió por todo el cuerpo, noté que moviéndome de manera giratoria ese placer era más intenso llegando por un momento a transportarme a un abismo de placer, en ese momento yo no supe si esa experiencia estaba bien o mal, pero lo que si intuía es que no debería contárselo a nadie, porque todo lo que fuera referente a los genitales era prohibido.

Entendí que mi cuerpo era mío, que todo me había sido dado para utilizarlo de una manera o de otra, la cabeza para pensar, el corazón para vivir, las piernas para moverme, las manos para comer. De todo eso me habían hablado, pero de mi sexo de eso nadie me explico para que era necesario.»

Aun recuerdo la primera vez que hable de esto con mis amigas adolescentes me miraban como si yo fuera de otro planeta alguna llego a decirme que iba a ir al infierno porque la masturbación era pecado. Pero yo sabía que algo tan maravilloso como es el sentir de un orgasmo no podía ser pecado una experiencia tan divina solo podía ser creada por Dios.

Hace ya muchos años que deje mi adolescencia pero les puedo asegurar que mi cuerpo sigue siendo mío, solo mío. Me da mucha pena pensar en alguna de mis amigas -hoy ya adultas- que jamás se descubrieron a su verdadero yo, porque el sexo solo nos pertenece a uno mismo.

 

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